lunes, 21 de octubre de 2013

*

Ayer oí el grito ronco de una mujer que gozaba.
un momento después me tomé una copa de alcohol puro.
Y lloré sobre las desventuras que afligen a mis semejantes.
Luego tomé una copa de whisky. Lloré sobre cuanto tienen
que sufrir, a causa de mis semejantes, los animales y las aves
de nuestro planeta.
Luego tomé una copa de pisco. Lloré por los reptiles, los peces
y los insectos.
Luego, una copa de vino. Lloré por las flores, las hojas, los
frutos, por las raíces que se entierran suelo abajo.
Por fin tomé un vaso de cerveza. Lloré por nuestros hermanos,
nuestros tiernos y dulces hermanos que no hablan, que no
crecen, que no fornican: los minerales.
Entonces me encomendé al obispo de la Vía Láctea y le imploré
tuviese a bien pedirle al sumo hacedor hiciese caer sobre la Tierra
una lluvia abundante de agua de Su Reino o de las simples nubes
si el tedio en aquel instante lo dominaba.
Llovió.
Estiré ambas manos juntas. Me incliné sobre ellas. Bebí,
bebí agua, agua inocente y celeste.
Apareció pibesa, lenta, regular, sobre sus empinados
taconcitos rojos.
Sonriente, se dejó atar con cadenas gruesas.
Desnuda, clara, lejos de toda sombra de alcohol. Clara,
diáfana. Su cabellera de oro viejo y oscuro; su sexo de oro vibrante.
Sus pies con las dos largas gotas sangrientas de los taconcitos.
Las cadenas mudas.
La azoté sin piedad.
La azoté con el látigo hecho de cuero de potro. Un potro
manso y sosegado. Aquel que, cuando yo niño, muy niño,
me paseó con tranco lento por sobre el primer cerro que veía.
La azoté más y más.

Entonces todo el barrio, todo Santiago, todo Chile, toda América
oyó, en medio de la noche, el grito ronco de una mujer que gozaba.

Juan Emar - Diez

lunes, 7 de octubre de 2013

amanecer


Anoto esto
no sé a qué hora de la madrugada
despierto
enciendo la luz y lo anoto
no sé adonde dirigirme
a quién morder
no estoy bien de la cabeza
debería amanecer.



Claudio Bertoni - De vez en cuando