jueves, 14 de noviembre de 2013

lunes, 4 de noviembre de 2013

referen

. tú y tu cerveza y lo grande que eres.
. Allá Buñuel, tus gentes y tú.

lunes, 21 de octubre de 2013

*

Ayer oí el grito ronco de una mujer que gozaba.
un momento después me tomé una copa de alcohol puro.
Y lloré sobre las desventuras que afligen a mis semejantes.
Luego tomé una copa de whisky. Lloré sobre cuanto tienen
que sufrir, a causa de mis semejantes, los animales y las aves
de nuestro planeta.
Luego tomé una copa de pisco. Lloré por los reptiles, los peces
y los insectos.
Luego, una copa de vino. Lloré por las flores, las hojas, los
frutos, por las raíces que se entierran suelo abajo.
Por fin tomé un vaso de cerveza. Lloré por nuestros hermanos,
nuestros tiernos y dulces hermanos que no hablan, que no
crecen, que no fornican: los minerales.
Entonces me encomendé al obispo de la Vía Láctea y le imploré
tuviese a bien pedirle al sumo hacedor hiciese caer sobre la Tierra
una lluvia abundante de agua de Su Reino o de las simples nubes
si el tedio en aquel instante lo dominaba.
Llovió.
Estiré ambas manos juntas. Me incliné sobre ellas. Bebí,
bebí agua, agua inocente y celeste.
Apareció pibesa, lenta, regular, sobre sus empinados
taconcitos rojos.
Sonriente, se dejó atar con cadenas gruesas.
Desnuda, clara, lejos de toda sombra de alcohol. Clara,
diáfana. Su cabellera de oro viejo y oscuro; su sexo de oro vibrante.
Sus pies con las dos largas gotas sangrientas de los taconcitos.
Las cadenas mudas.
La azoté sin piedad.
La azoté con el látigo hecho de cuero de potro. Un potro
manso y sosegado. Aquel que, cuando yo niño, muy niño,
me paseó con tranco lento por sobre el primer cerro que veía.
La azoté más y más.

Entonces todo el barrio, todo Santiago, todo Chile, toda América
oyó, en medio de la noche, el grito ronco de una mujer que gozaba.

Juan Emar - Diez

lunes, 7 de octubre de 2013

amanecer


Anoto esto
no sé a qué hora de la madrugada
despierto
enciendo la luz y lo anoto
no sé adonde dirigirme
a quién morder
no estoy bien de la cabeza
debería amanecer.



Claudio Bertoni - De vez en cuando

viernes, 13 de septiembre de 2013

*

No pude contestarle, claro; pero volví al hotel bastante pensativo. Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Es lo que se llama la "ley del mercado". En un sistema económico que prohíbe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohíbe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. La empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación.

Michel Houellebecq - Ampliación del campo de batalla

viernes, 30 de agosto de 2013