lunes, 17 de septiembre de 2012

Stephen Dedalus

Su alma se acababa de levantar de la tumba de su adolescencia, apartando de sí las vestiduras mortuorias. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Encarnaría altivamente en la libertad y el poder de su alma, como el gran artífice cuyo nombre llevaba, un ser vivo, nuevo y alado y bello, impalpable, imperecedero. Se arrancó nerviosamente de la roca porque no podía ahogar por más tiempo la llama de su sangre. Sentía las mejillas abrasadas y que en la garganta le palpitaba un canto. Y sus pies, ansiosos de errar, pugnaban por partir hacia los confines del mundo. ¡Adelante! ¡Adelante!, tal era el grito de su corazón. El atardecer descendería sobre el mar, la noche caería sobre las llanuras, y la aurora brillaría ante el errabundo y le mostraría campos extraños y colinas y rostros. ¿Dónde?

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