Una tradición popular desaconseja contar sueños por la
mañana, en ayunas. De hecho, quien acaba de despertarse sigue aún, en ese
estado, bajo el hechizo del sueño. Pues el aseo no devuelve a la luz más que la
superficie del cuerpo y sus funciones motrices visibles, mientras que en las
capas más profundas, y también durante la ablución matinal, la penumbra gris
del sueño sigue persistiendo, e incluso se consolida, en la soledad de la
primera hora de vigilia. Quien rehúya el contacto con el día, ya sea por temor
a la gente, ya sea por necesidad de recogimiento, no querrá comer y desdeñará
el desayuno. De este modo evita la ruptura entre los mundos nocturno y diurno.
Cautela ésta que sólo se justifica consumiendo el sueño mediante un intenso
trabajo matinal, cuando no a través de la oración, ya que de otro modo provoca
una confusión de los ritmos vitales. En esta disposición anímica, contar sueños
resulta funesto porque el hombre, que aún es a medias cómplice del mundo
onírico, lo traiciona con sus palabras y ha de atenerse a su venganza. Dicho en
términos más modernos: se traiciona a sí mismo. Libre de la protección que le
ofrecía la ingenuidad del sueño, queda totalmente desamparado al rozar, sin
dominio alguno sobre ellas, sus propias visiones oníricas. Pues sólo desde la
otra orilla, desde la claridad del día, es lícito apostrofar al sueño con el
poder evocador del recuerdo. Este más allá del sueño sólo es alcanzable
mediante una ablución análoga al aseo y que, no obstante, difiere totalmente de
él. Pasa por el estómago. Quien está en ayunas habla del sueño como si hablase
en sueños.
Dirección Única - Walter Benjamin
No hay comentarios:
Publicar un comentario