Oda al York de chocolate de dos palitos, pensé cuando me terminaba uno de esos afuera del Ripley de Quilpué. Yo iba a cambiar una polera que me había regalado mi papá, y esa era mi actividad más importante durante todo el día, una especie de misión.
Era un verano caluroso, y un poco solitario. Había terminado con mi pololo hace dos semanas y sentía que mi futuro próximo era un poco incierto, aunque eso no era tan malo, lo peor ya había pasado. De eso estaba parcialmente segura.
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